Ramos, C

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¡Hosanna Jesucristo, El Justo Inocente Condenado en los Marginados de Hoy!

En este domingo de Ramos revivimos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Contemplamos su ejemplo de dar su vida por la salvación del mundo. Jesús, el siervo justo/inocente, sufrirá y será juzgado injustamente mientras Barrabás, un delincuente, será soltado por petición del pueblo. Jesús se acerca a la puerta la ciudad de Jerusalén montado en un asno. Es signo de humillación y de humildad. ¡Que el Hijo de Dios haya tomado ésta como la manera de manifestarnos la gloria de Dios! ¿Cómo nos situamos frente a Él? Jesús nos manifiesta su misericordia perdonando a sus verdugos y al pueblo traidor. Él es el siervo sufriente.

Tanto la lectura del profeta Isaías, el salmo de meditación, la segunda lectura (Filipenses 2,6ss), como el evangelio (Lc22,14-23,56) nos ofrecen algunos rasgos de ese siervo sufriente: tiene confianza en Dios y entrega su vida, acepta voluntariamente la humillación (ofreció la espalda a los que lo golpeaban, sus mejillas a los que le arrancaban la barba (Is.50, 6); soporta los que le “taladran las manos y los pies (Sal.22, 17-18). El siervo sufriente es signo de confianza en el Señor incluso en el sufrimiento, incluso ante la amenaza de la muerte. Inclusive el grito de agobio “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” traduce la confianza en ese Dios que viene a socorrernos permanentemente.

Dios se nos acerca siempre para liberarnos. Y lo hace en un aspecto de abajamiento y de una sencilla presencia: “Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario se abajó, tomando la condición de servidor… se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte en cruz” (Fil.2, 6ss). Nos enseña Jesús que la vida es para ser entregada porque es un regalo que hemos recibido gratuitamente.

El relato de la Pasión que leemos en el evangelio de San Lucas22, 14-23, 56 nos presenta a Jesús que se entrega en la Cena con sus discípulos y sufre voluntariamente. En su injusta condenación resumirá todo nuestro sufrimiento. El lleva hasta el extremo su prueba de amor, en la humillación de la cruz: “Por su cruz, el Señor nos has salvado”. Con su sangre derramada borra nuestras culpas.

Curiosamente, el pueblo a quien entrega su vida lo insulta, incluso a uno de los dos ladrones. Jesús perdona a todos. Jesús sufre y perdona a los que le hacen sufrir: “Padre, perdónalos porque no sabe lo que hace (Lc 23, 34). ¡Qué gran modelo de misericordia! La presencia de Jesucristo en medio del pueblo elegido traduce el amor misericordioso que Dios Padre tiene con cada un@ de nosotr@s. Con la presencia de Jesús se logra la reconciliación de los antagonistas: gracias a Él Pilatos y Herodes coinciden. La pasión de Cristo es signo de Reconciliación: ¿hoy qué me falta por hacer para lograr la reconciliación en la familia, en el barrio, en el país, en el mundo?

En esta semana santa que ya iniciamos, aprendamos a perdonar y a entregarnos sin medida al servicio de los demás. Oremos a Dios para que nos haga dóciles y atentos a su presencia en cada momento de nuestra vida, especialmente en nuestros hermanos marginados. ¡Que en el momento de sufrir crezca más y más nuestra confianza en Dios! ¡Que la bondad infinita con la que Jesús acepta libremente subir al Calvario nos mueva para que podamos asociarnos al dolor de todos los que sufren! Así como el padecimiento de Jesús culminó con la victoria de la resurrección, podamos también triunfar sobre lo que nos achacan: la enfermedad, los engaños, la miseria, la injusticia, las drogas desastrosas que matan a algunos jóvenes en nuestros barrios… A la vez ¡que esta semana nos ayude a cambiar aquellas malas actitudes de indiferencia y de egoísmo que nos alejan de la generosidad de nuestro Salvador Jesucristo que quiere ser dueño de nuestra vida, de nuestros afectos, familias y trabajos! ¡Que así sea! (P. Bolivar aa).

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